Río Jalón

Datos de interés

  • Dirección: Ateca

Más información

Es el camino más largo, y directo a la vez, desde Zaragoza hasta la meseta castellana. El río Jalón, con sus 220 kilómetros, que transcurren en su mayor parte por Aragón, constituye el auténtico afluente de interior del gran río al que aporta su caudal, el Ebro. El mayor de su margen derecha, la que recoge las aguas de la cordillera Ibérica, y auténtico crisol de la vida de comarcas enteras nacidas en torno a la gastada vía que lleva a Madrid. Sin embargo, el sigilo acompaña casi todos sus movimientos. Como si de una estrella de extremada modestia se tratase, este imprescindible río, clave para la vertebración de una amplísima tierra adentro, cede cualquier protagonismo a sus poblaciones, su arte, sus habitantes.

Inicios en Soria

El Jalón toma impulso desde su nacimiento, casi desconocido pero cuya inspección resulta necesaria para comprender el resto. Como ocurre en su recorrido posterior, y como si fuese una estrategia premeditada, se trata de un alumbramiento sin apenas hacer ruido: con la sobriedad característica de los castellanos, en una discreta y desconocida fuente en Esteras de Medinaceli, tradicional parada soriana en la ruta entre Zaragoza y Madrid. A diferencia de otros manantiales, visitados como emblema turístico, el del Jalón se mantiene casi virgen, inadvertido, junto a la misma vía de viajeros y mercancías que apenas se separará de él un ápice hasta alcanzar el valle del Ebro.

El Jalón, aunque sea despacio y sin estridencias, se desarrolla casi por entero en la provincia de Zaragoza. Todo fluye a partir de Ariza, Cetina, Alhama de Aragón y, al fin, Ateca, antes de alcanzar Calatayud. Es en este entorno, su tramo medio, donde recibe las aguas de sus principales aportaciones auxiliares, a saber: el Manubles, uno de sus afluentes por la izquierda que desemboca en Ateca entre cultivos, perales y manzanos; el río Piedra, que aúna en sus aguas la riqueza del aporte del río Mesa; y por último el Jiloca, el gran afluente del Jalón, que riega una amplia vega desde las inmediaciones de Teruel.

Una de las formaciones más impactantes de la zona: en medio del páramo de Cetina, a más de mil metros de altura, el río Mesa se ha encargado de horadar la roca calcárea y serpentear por un cañón idílico. Desde Calmarza y hasta Jaraba, en un recorrido de unos diez kilómetros, el cauce ha creado un incomparable marco de abrigos en las rocas, chopos, pinos y aguas sulfurosas de abundante caudal y propiedades termales. También existen pequeños huertos y acequias. Como la vega del Jalón, se trata de un oasis lineal verde.

Riqueza fluvial

Hay que seguir la ruta hacia el llano, en dirección Noreste. A lo largo de un paisaje enrevesado, y con Calatayud como epicentro, la mayor parte de los afluentes del Jalón tienen dos cosas en común: son cauces con estiaje, propios de un dominio mediterráneo, y sus aguas poseen incalculables beneficios para la salud: son termales y han seducido al hombre desde antiguo. En Alhama lo saben bien, y por ello acomodaron hace décadas el mayor de los lujos a la vía del tren, incluida una hostelería de altos vuelos. Hoy, con el auge de la alta velocidad, tan solo un regional recorre la vía, además de los clásicos mercancías.

De vuelta al recorrido natural del río aguarda Calatayud. Con sus veinte mil habitantes, continúa siendo la cuarta localidad de Aragón y se ha convertido en el foco de desarrollo del amplísimo y despoblado Suroeste de la provincia zaragozana. El Jalón atraviesa su casco urbano y su margen izquierda alberga las edificaciones más antiguas, coronadas por el castillo de época musulmana que dio su nombre a la población. También se sitúan en esta misma vertiente los restos de la antigua Bilbilis, una de las principales ciudades romanas de la zona y testimonio del intenso uso que el ser humano concedió al valle desde antiguo. De nuevo, el río como recurso, fuente de vida. Fertilidad. silencio: sin grandes saltos, tampoco su cauce roba excesivo protagonismo a todo lo demás: mudéjar, vino, un entramado urbano complejo y rico en patrimonio… Una vez más, el Jalón se muestra como un discreto creador que rehúye los focos.

Las hoces, hasta morata

Resulta complicado dar el siguiente paso. Al observar las curvas que trazan las aguas para seguir su curso inexorable hacia el valle del Ebro, cabe preguntarse qué fenomenal fuerza las impulsó a abrirse paso en medio de una sierra de aspecto impenetrable. El Jalón, que desde las ya lejanas tierras de Ateca muestra cierta docilidad, se transforma en este punto y provoca el cambio de todo su entorno para dar un nuevo salto de madurez. Como si se tratase de un periodo de crisis, previa a una nueva placidez que encontrará más adelante.

El pequeño núcleo de Huérmeda da paso a la travesía conocida como las Hoces, una serie de curvas imposibles que otorgan al cauce un aspecto sinuoso difícil de imaginar aguas arriba y que se prolonga hasta alcanzar su tramo más fácil, ya cerca de Ricla.

El río se pierde solo, entre los riscos de las primeras sierras ibéricas, como la de Vicor, con la única escolta que ejerce en su recorrido la vieja vía del tren, la que ya solo recorren el regional y los cercanías. Campiel, Embid, Paracuellos de la Ribera, Sabiñán, Purroy, Morés, Villanueva y Morata de Jalón son las estaciones del impredecible camino que recuerda a otros parajes de congostos y media montaña. Poco más adelante de Morata confluyen las aguas del último gran afluente, el río Aranda, en descenso directo junto al Isuela zaragozano desde las faldas del sur del Moncayo.

En medio de un paisaje desconocido para muchos, las últimas montañas se disponen a abrir paso al tramo más fértil, la fuente de la que beben miles de hectáreas de frutales: el laberinto de huertas de Valdejalón. Ya queda menos para alcanzar el Ebro, aunque a ambos lados del valle del cauce silencioso tan solo se adivine un medio estepario y difícilmente practicable.

Alivio en medio del desierto

Los habitantes de la cuenca del Jalón han adaptado su forma de vida a semejante red capilar hídrica. Conscientes de lo agreste del medio y del clima, seco, tormentoso e inesperadamente cruel en ocasiones debido al granizo, los sucesivos pobladores decidieron aprovechar los kilómetros de riberas para extraer de ellas todo su jugo posible: destacan, por un lado, las cerezas, olivas y almendras, en especial en los campos de mayor altura, en la zona de Sabiñán y El Frasno, y, por otro, toda la clase de frutales que se convierten en protagonistas a lo largo de todo el curso del río, y en especial en las inmediaciones de La Almunia de Doña Godina, Épila, Ricla y Calatorao, además del resto de núcleos hasta su desembocadura. El valle ensancha sus límites y el poblamiento, la actividad económica y la prosperidad crecen. Los árboles inundan la vista y la huella del ser humano es cada vez más extensa y compleja, siempre en torno a dos ejes: el río y la carretera de Madrid.

Los caminos inundan la zona, pero lo esencial permanece: los frutales, el agua, el río. Épila se erige como una de las localidades históricas del viejo reino de Aragón, al igual que sucede con La Almunia, la cabecera de una comarca rica por definición. Cada primavera, la zona se llena de temporeros en busca de una forma tan digna como antigua de ganar el pan. Desde la misma salen toneladas de cerezas, melocotones, peras, nectarinas o manzanas, y varias compañías se han instalado en torno a la autovía para realizar todo tipo de envíos nacionales e internacionales.

El último tramo supone el avance final del Jalón hasta dar sus aguas al Ebro, en un paraje que se sitúa a tan solo escasos diez kilómetros del área metropolitana de Zaragoza. La cercanía del principal corredor verde del Noreste peninsular se intuye a cada paso, a la vez que el Jalón maduro riega una sucesión de huertos que garantizan la subsistencia de un particular y armónico ecosistema formado por las localidades aguas debajo de Épila: Rueda de Jalón, Bardallur o Grisén son algunos ejemplos vivos.

Justo antes de alcanzar la ribera del Ebro, el visitante se topa en su margen izquierda con uno de los iconos empresariales del Aragón contemporáneo, la factoría de automoción de Figueruelas, y es entonces cuando el propio río se cruza con otro caudal, el Canal Imperial de Aragón, construido en el siglo XVIII para irrigar mayor cantidad de cultivos.

Tras aliviar el entorno agrícola de Alagón y Torres de Berrellén, el más importante afluente del Ebro por su derecha, el cauce tranquilo que nace en la quietud soriana para servir de camino entre dos viejos reinos vecinos, ofrece sus aguas al río más caudaloso de la Península Ibérica con idéntico sigilo. Sin que, aparentemente, casi nadie se entere o lo eche en falta, pero con la certeza de resultar tan imprescindible como inadvertido.

Texto: Juan Ortega Casas

Otros

Pie
Enlaces recomendados

© HERALDO DE ARAGON EDITORA, S.L.U.
Teléfono 976 765 000 / - Pº. Independencia, 29, 50001 Zaragoza - CIF: B-99078099 - CIF: B99288763 - Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza al Tomo 3796, Libro 0, Folio 177, Sección 8, Hoja Z-50564
Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Grupo Heraldo