El Maestrazgo renancentista

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  • Dirección: 44144 Villarroya de los Pinares, Teruel, España

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El río Guadalope nace en el término de Villarroya de los Pinares, pueblo del Maestrazgo turolense situado entre Aliaga y Cantavieja. En su estupendo «Diccionario geográfico» 1845-50, Pascual Madoz publica un artículo parco y desangelado sobre Villarroya, pues no menciona el palacio renacentista y no destaca nada especial de su iglesia, cuya cabecera o crucero es digno de una colegiata. «El terreno es muy quebrado y peñascoso. Tiene 280 casas de mediana construcción.

Hay repartidas 42 masadas o casas de campo. Una escuela con 40 niños, un hospital para enfermos sin rentas, una iglesia parroquial (La Asunción), una ermita con culto». Es muy extraño que Madoz no recoja ningún episodio carlista, como sucede con Fortanete, que está a dos pasos: «En Fortanete fue sorprendido y atacado el 4 de agosto de 1836 el carlista Quilez por las tropas del general Soria, quien le causó más de 80 bajas». De Jorcas nos cuenta que allí nació un escultor de Carlos IV, llamado Francisco Moya, y que en la iglesia existe un «San José postrado en cama», obra suya. Por ello choca tanto el silencio del Diccionario Madoz sobre las dos joyas renacentistas de Villarroya. Hay que esperar hasta que J.R. Sanchís Alfonso publique en 1999 un interesante folleto con documentos y fotos en blanco y negro sobre Peña y su legado renacentista.

El “cardenal” del Maestrazgo 

Francisco Peña nació en Villarroya en 1540 y murió en Roma en 1612. Estudió Cánones en Valencia hasta ser doctor en esa rama del derecho eclesiástico. Se estableció en Roma como experto jurista y en 1578 edita el Directorium Inquisitorum. En 1588, propuesto por Felipe II, recibe el nombramiento de juez de La Rota, el famoso tribunal supremo del Vaticano. En 1589 obtiene otro cargo de campanillas, ser capellán del papa Sixto V, y recibe los títulos de patricio y senador romano. En la procesión de Pascua de 1596 en la Piazza Navona, hacia la iglesia de San Giacomo –Santiago de los Españoles– desfila tras los cardenales Fonseca y Deza. A su muerte, en 1612, deja su biblioteca al convento de la Minerva de Roma, cuyo regente es el dominico Isidoro de Aliaga, hermano de Fray Luis de Aliaga, confesor de Felipe III.

La Iglesia de ábside renacentista

Entre 1605 y 1612, Peña levanta la fábrica nueva de la cabecera de la iglesia, con aires de colegiata mayor del Maestrazgo. Allí están las dos capillas que acogieron sus restos en 1614, dos años después de su muerte en Roma. Hasta entonces reposó en la iglesia de Monserrato, en Roma. La arquitectura del interior es soberbia, con dos tribunas o puertas de sacristía con balcones, en el presbiterio, labradas en sillería, de una pureza romana digna de Bramante. Las capillas lucen esbeltas columnas corintias de una pieza y basamentos con sirenas y dioses barbados, labrados en piedra negra similar a la de Calatorao. Las altas lápidas contienen una inscripción en latín: Franciscus Peñia Rotae Avditor et Ecclesiae Cesaravgvstanae Archidiaconvs… Anno 1609. El coste total se ignora, tras una primera entrega que rondó los 60.000 sueldos jaqueses.

El conjunto resulta espectacular. Obra del maestro Vélez de Palacios. La bóveda es de crucería gótica. El exterior luce piedra caliza de tonos grises y ocres, idéntica a la de palacio Peña. El contraste es sorprendente, al salvar la pequeña y baja nave gótica del templo primitivo, y acceder al alto y espacioso crucero renacentista. Peña hizo donación de 68 cuadros, el mayor una Anunciación, copia florentina. Todavía se conservan en el Museo diocesano de Teruel piezas de orfebrería con su escudo. Para sus paisanos, Peña era el Cardenal, y por su rango en Roma, casi puede decirse que ser presidente de La Rota era más que ser cardenal. Dandelet nos recuerda su gran relevancia y su estatus en la Roma de 1600. En el exterior del ábside se adivina un balcón con escudo y hornacina, asomado a la calle Mayor, como si Peña hubiese soñado con impartir su bendición a sus paisanos y presidir sus procesiones o romerías. Los escudos de Peña –cinco pinos– con capelo cardenalicio y borlas, siguen intactos en el interior de la iglesia, pero los exteriores han sufrido las inclemencias del tiempo, que, por estos territorios, no son moco de pavo.

La casa palacio de Peña en Villarroya 

El palacio a orillas del Guadalope se levantó entre 1610 y 1616. Costó 80.000 sueldos jaqueses. Su estampa sigue siendo hermosa, escoltada por los álamos del río. La erosión ha fulminado el escudo de Peña –cinco pinos– y dañado el frontón y columnas clásicas de sus dos puertas. Su interior, con atrio a dos alturas y escalera señorial, conserva un indudable encanto. Resulta a todas caras un palacio digno del marqués de Bradomín, protagonista de las Sonatas de Valle-Inclán. Zuloaga retrató a un cardenal en cuyo paisaje de fondo luce una sierra de roca brava, similar al de los pliegues telúricos de Villarroya. Fue cuartel de la guardia civil en la postguerra, cuando el Maestrazgo era un nido de maquis. Ahora es vivienda estival de una familia de Valencia.

Los loretos o ermitas porticadas 

Los loretos son unas curiosas ermitas peculiares del Maestrazgo que lucen un vistoso pórtico apaisado, como para servir de techumbre para las romerías y resguardarse de los aguaceros. En Villarroya existe un Loreto en el camino hacia Fortanete y los puertos de pinares que dan nombre al pueblo. La ermita de San Benón, santo alemán, destaca en un cerro rocoso. El mote de arrastrasantos les viene a los de Villarroya de su antigua afición a las romerías. Los inviernos eran legendarios por estos pagos y se alcanzaban temperaturas siberianas. No necesitan aire refrigerado en agosto.

Texto: César Pérez Gracia

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